Carnicero Weber, el impulsor de los Índices bibliográficos

Tras las direcciones de Valdés Busto y Salvá, accedió en octubre de 1851 a la plaza de bibliotecario primero de S.M. Manuel Carnicero Weber. Supuso ello un cambio notable pues los dos prelados estaban más pendientes de su carrera política, como el primero, o de la eclesiástica, como Salvá. No obstante, fue periodo intenso el previo a Weber pues los años cuarenta fueron como se vio en la entrada anterior de asiento y consolidación de la Real Biblioteca (RB) en nueva y definitiva ubicación, la presente. No solo fue el traslado físico de no pocos miles de cuerpos -solo el fondo Gondomar eran unos 7000-, sino el entarimado del suelo sobre las viejas losetas, y la realización de muebles a medida en caoba que se sumaban a los trasladados de la antigua Librería de Cámara del ala de san Gil.

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La nueva dirección en la RB

Weber en cambio no tuvo inclinación por las artes y sí por las letras, pero con estos antecedentes familiares, en 1841, ingresó en la RB ejerciendo como ayudante auxiliar, aunque hasta 1847 no se le reconoció oficialmente como “ayudante bibliotecario segundo”. Esos años de Salvá se ocupó ya de empezar a realizar índices de los libros trabajando con él de escribiente José Velasco Dueñas, que lo era asimismo del Archivo, y que quien asentaba las entradas; si bien desde 1849 dejaría de realizarlos al existir ya dos bibliotecarios escribientes en esta función propios de la Real Biblioteca, Juan Abdón y Joaquín Fontán. Weber dirigiría los índices en los años sucesivos con ellos dos de escribientes, sobre todo siendo de su confianza al efecto Abdón.


Dueñas, como se le llamaba, tendría un fuerte ascenso junto a la Familia Real. Publicaría Colección de cruces y medallas de distinción de España (1843) llamando la atención en la Casa Real [https://realbiblioteca.patrimonionacional.es/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=65538], y en 1848 ya es escribiente de la Secretaría de Palacio, pronto de Cámara, y realizó por entonces el catálogo de la Real Armería. En los cincuenta asciende en la Intendencia General y en la Secretaría de Cámara, llegando a ocuparse en los sesenta de la administración de las asignaciones a las Altezas. Pero tras la Revolución de 1868 se le apartó para ser secretario del Museo del Prado. Esto era oficialmente, privadamente, consta por el Archivo de Isabel II en la RAH que en 1874 intervino en tratos entre la ya reina madre y los Rothschild, según cartas del ministro de Hacienda Pedro Salaverría, por lo que partiendo Velasco de trabajos muy materiales en la RB, sus miras y logros fueron altos fuera de ella.

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Carnicero accede a la dirección muy respaldado por la Casa Real. La confianza se la ganó por su buen servicio extralibrario, inventariando bienes del Monasterio de la Encarnación, coordinando obras en el mismo y, sobre todo, se ocupó de que este importante Monasterio pasase al Patrimonio pese a su anterior desamortización, asunto capital.  


Al inicio se continuó el fichero manual para control descriptivo de los libros, pero el nuevo bibliotecario mayor, que quiso se le siguiera denominando de Cámara, en cambio no tenía un sentido personal de la RB, como propiedad de uso de la Real Casa, sino que ya entendió que el depósito librario palatino debía ser una gran Biblioteca de uso de eruditos y literatos, a la postre, investigadores. Y por ello debían hacerse completos índices de referencia.

 

La intensa política de índices

El mismo 1851 se concluyó un Inventario de la Biblioteca Particular de S.M., de todos los muebles y efectos que existen en ella [https://realbiblioteca.patrimonionacional.es/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=115613]. Fue compuesto por los bibliotecarios ya en servicio Juan Abdón y Joaquín Fontán, con algunas adiciones ajenas. Se empezó en 1849 y figuraba todavía en él la denominación "Biblioteca Particular de S.M". 
 

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Juan Abdón, presbítero, consta que era “escribiente temporero” en 1849, pero ingresó antes, hacia 1847. Al acabarse este índice era ya oficial escribiente, apreciándole entonces Salvá por sus estudios, honradez y “gallardía de letra”, afirmó. Con Weber prosiguió con intensidad con otros índices posteriores.

Joaquín Fontán, por su parte, era un gallego acomodado, consta que en los años sesenta fungía como ayudante de biblioteca, pero de verdad lo que le atraía era la poesía. Ese 1851 publicó un volumen poético prologado por Agustín Durán [https://realbiblioteca.patrimonionacional.es/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=4451]. Era Durán un gran conocedor de los antiguos romanceros y cancioneros hispánicos, medievales y áureos, y sin duda lo hubo de tratar en la Biblioteca ya entonces y en los años sucesivos, al igual que a Weber. Un abuelo de Fontán fue banquero de Carlos III, y su hermano tesorero de la Real Casa y Patrimonio, de ahí su incorporación, recomendada, pues además era literato como se ve. Escribía comedias teatrales y tuvo éxito con un texto escolar, La antorcha de la niñez (1863).

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Carnicero dirigió en los cincuenta un relevante Índice de la Real Biblioteca del Monasterio del Escorial, acabado en 1859 en tres cuerpos, con más de 20000 asientos de impresos más los códices, con 4604 entradas [https://realbiblioteca.patrimonionacional.es/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=62468]. Los dos primeros volúmenes comprenden los impresos y el último, en Mesa-I-13, los códices y enseres. Los arábigos se asentaron en latín con el inicio y fin de cada códice. Abdón fue el escribiente que ayudó a coordinar el proyecto a Weber, acompañándole en el Monasterio.

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Igualmente, un par de años antes se concluyó uno nuevo de la RB, asimismo en tres volúmenes [https://realbiblioteca.patrimonionacional.es/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=84782] y uno aparte de manuscritos en ocho [https://realbiblioteca.patrimonionacional.es/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=161921]. En estas tareas de los Índices siguieron trabajando Abdón y Fontán. El primero manifestó en 1859 haber acabado para la RB el Índice de manuscritos y que se ocupaba del tercer volumen de impresos, compatibilizando esta labor con los índices escurialenses. Fontán tenía más rango pues era ayudante bibliotecario mientras que Abdón ejercía de tal sin serlo oficialmente, por lo que entonces solicitó su plaza para cuando se quedara vacante, siendo mérito los índices. Era de más confianza que Fontán para el bibliotecario mayor, por su diligencia, excelente letra y conocer algo de idiomas. Finalmente tendría la plaza de Fontán al morir éste en 1864, y pronto sería bibliotecario segundo. Años después (1868), realizó el índice de la biblioteca de la infanta Isabel de Borbón [https://realbiblioteca.patrimonionacional.es/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=179806; https://realbiblioteca.patrimonionacional.es/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=180058], siendo la entrega de estos libros de la Princesa de Asturias en 1875 ya. Monárquico, fue cesado en el 69 pero reintegrado en ese año con la Restauración, ya sin Carnicero al frente. Abdón publicó algún texto religioso y no tenía perfiles literarios.

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Ampliación de la planta de bibliotecarios

A fines de los sesenta constaba un tercer bibliotecario en la plantilla, Juan de Coupigny y Courten. Hijo del marqués de Coupigny, gran militar, Juan se inclinó por las letras y el teatro, siendo autor dramatúrgico. Pero muy inestable económicamente, pasó a ocuparse de la erudición y con sus buenos contactos familiares en la Casa Real, ingresó a fines de 1869. Tras unos meses a prueba, en el verano del año siguiente se le encarga el inventario de la biblioteca del que fue rey consorte Francisco de Asís de Borbón, esposo de Isabel II y que tenía significativa librería personal [una parte en https://realbiblioteca.patrimonionacional.es/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=179666]. En 1873 ya sería bibliotecario tercero.

Cuando ingresó lo hizo también el sevillano José María Nogués, como auxiliar, pero muy pronto fue segundo bibliotecario, oficialmente en 1871. Estos dos ingresos, tardíos en la dirección de Carnicero, eran necesarios por el ya volumen de libros existente, pero se entendió mejor con Abdón y Fontán. 

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Se mantiene Carnicero al frente de la biblioteca durante la Gloriosa, siendo en 1869 ratificado como “bibliotecario mayor”. Más tarde le ratificará Alfonso XII. En esos años anteriores de los cincuenta y sesenta se consolida la frecuente consulta de los fondos por los estudiosos, dada la labor bibliográfica que se realizó con los índices, caso de personalidades como Fermín Caballero o Mesonero Romanos, ambos asiduos.

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Siguió encuadernando Ginesta Haro, el último encuadernador de Cámara, bajo  Carnicero, cesado en 1873 tras veintidos años de dirección y más de treinta en la RB. De antes de irse hay un borrador suyo de la plantilla [https://realbiblioteca.patrimonionacional.es/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=179727&query_desc=plantilla%201873]. También un Inventario [https://realbiblioteca.patrimonionacional.es/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=84863], ordenado por las Cortes, terminado al año siguiente. Así que justo al inicio y al final de su dirección hay índices suyos. Y testimonio de su intensa y constante laboriosidad en el Archivo de la RB.

 

 

 

El bibliotecario real que se ocupó del traslado de la Librería de Cámara: Calvet

Salvador Enrique Calvet y Pasapera, gerundense nacido en 180, fue designado en julio de 1835 fue designado para estar al cuidado y vigilancia de la Biblioteca de S.M. “por sus trabajos e inteligencia”. Era un brillante abogado muy vinculado desde años antes a la Real Casa. Como se ve en el bloque siguiente, ello fue el origen de la designación. Sucedía a José Ángel Álvarez Navarro, de muy intenso servicio durante décadas con los libros palatinos, por lo que se iniciaba una nueva época coincidente con el nuevo reinado.

Ahora, además, estaba el desafío de la nueva ubicación de los libros de uso privado real. Tuvo que acometer Calvet esta delicada cuestión del traslado desde el ala de san Gil, donde estaba ubicada la Librería de Cámara desde que llegó del Buen Retiro en los años sesenta del XVIII. Al ser área soleada y alegre, la reina decidió quedarse esas dependencias para su uso tras el fallecimiento de su esposo.

Firma de Calvet joven, Archivo Histórico del Colegio de Abogados de Madrid
Firma de Calvet joven,
Archivo Histórico del Colegio de Abogados de Madrid

 

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La vieja Librería de Cámara había ocupado en el reinado fernandino, prueba de su gran incremento, hasta XV salas [RB, ms. II/2617], pero con la mudanza se pasó a IX salas. Arantxa Domingo, en este mismo blog, recoge en su texto Los espacios de la Real Biblioteca a lo largo de su existencia el cierto desbarajuste que hubo en los primeros tiempos del traslado hasta la reordenación posterior:

“Este traslado supuso una degradación de la colección bibliográfica, de los muebles y demás piezas que la componían, por la precipitación con la que se hizo. Los libros no pudieron colocarse inmediatamente y permanecieron fuera de las estanterías, hacinados en el suelo, durante mucho tiempo, lo que deterioró notablemente la colección”.

Calvet realizó a la par, por entonces, en 1835, para las habitaciones reales de la reina gobernadora un proyecto de reforma para el servicio masculino, en calidad de secretario de Mayordomía Mayor, por lo que su servicio era muy directo con la Familia Real. Se aprovechó mobiliario de la Librería de Cámara, como los armarios de madera noble de la actual sala de investigadores, doce, y otros armarios menos finos. Al morir don Fernando era voluminoso el total de los libros para uso regio, aunque asimismo hubo salidas notables de ellos como la colección americanista de Juan Bautista Muñoz -salvo una treintena de manuscritos-, que pasó a la Real Academia de la Historia en 1816.

 

Armario librario procedente de la Librería de Cámara de Fernando VII hoy en la sala de investigadores de la Real Biblioteca
Armario librario procedente de la Librería de Cámara de Fernando VII hoy en la sala de investigadores de la Real Biblioteca

 

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Labores de encuadernación

Se había desarrollado desde principio de siglo una intensa labor de encuadernación, tanto de lujo como de taller, en el llamado Taller de Juego de Pelota, sobre todo tras los ingresos masivos de 1806/07 y en particular bajo la dirección del encuadernador de cámara Santiago Martín Sanz, al retirase los viejos pergaminos e incorporarse pastas valencianas, tan propias de la Real Biblioteca. Pero también, una vez ordenados y ubicados los ejemplares reales en su nuevo ámbito espacial a lo largo de unos años, el segundo quinquenio de los años treinta en labor lenta y laboriosa, hubo ocasión de encuadernaciones artísticas nuevas para los libros reales. 

Esos años treinta fueron los del último período de Pedro Pastor, encuadernador de cámara justo tras morir su maestro Martín en 1828. Formado en Londres, de donde trajo hierros y planchas, era un gran artesano de la piel no solo para ligaciones sino para mesas y sillones, como se atestigua por trabajos existentes en el Palacio Real. Trabajó así especialmente para Fernando VII desde 1818, con diversos Estados Generales de la Real Hacienda, y de la Real Armada, que salían cada año, realizando los ejemplares reales. Pero lo más notable de su producción son los tres álbumes en folio elefante que albergan la colección de dibujos fernandina, unos 600, en IX/M/88-90 y las cubiertas del códice palatino del Libro de la Montería de Alfonso XI, que se le encargó en 1833, en , en tafilete rojo, en II/2105, conservándose la factura en el AGP. 

 

Pedro Pastor, encuadernación del Libro de la Montería (1833), en RB, II/2105, Cámara
       Pedro Pastor, encuadernación del Libro de la Montería (1833), en RB, II/2105, Cámara

 

Sucedió a Pastor como encuadernador de cámara, y de la imprenta real, Miguel Ginesta Clarós (1789-1850), que fue el fundador de la saga Ginesta. Le sucedería su hijo, Gineta Haro (1820-1878) como encuadernador de cámara. Tenía el padre dos vertientes, una novedosa, con labores en seco, sin dorado, interesantes para la época y elegantes, soliendo poner la cifra real de la joven reina, “Y”, sin corona. Y con el dorado tenía un concepto barroco continuador del de Pastor, con planchas de dorado refulgente al centro de los planos, muy de estilo romántico, gustando asimismo de los hilos dorados. Buena muestra son los Estados de la Real Armada de esos años, con hierros alegóricos en los ángulos y ricos y contraplanos de muaré con anchas orlas doradas. Son dos estilos muy contrapuestos, pero ambos lujosos, apropiados para la Real Casa.

Es decir, con los libros reales desarrolló Calvet una complicada labor en el poco tiempo de su dirección. Primero, dar ubicación y orden a la ya Real Biblioteca en el difícil cometido del traslado, laborioso por el alto volumen de libros, y segundo, proseguir la labor encuadernadora en la línea ligatoria de las pastas protectoras frente a los viejos pergaminos, y en la de lujo, con las labores exquisitas de los encuadernadores de cámara. A finales de esos años treinta, desde 1840 en particular, se vio que ya sería definitiva la nueva ubicación, la actual, en el ángulo opuesto al antiguo en el ala de san Gil.

 

Ginesta Clarós, planos en seco y planos de Estados de la Real Armada

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Servicio en la Real Casa

La eficacia de cometidos anteriores palatinos llevó a la designación de Calvet como responsable de los libros reales. Tras estudiar Derecho con brillantez, le vemos en 1830 como secretario mayor de la Mayordomía de S.M., pero al morir el monarca se manifiesta ferviente isabelino y en 1833/34 es gentilhombre de cámara. Se le concedería la Orden de Carlos III al ocuparse con solvencia de la compleja testamentaría regia y de las herencias particulares de la reina niña y de su hermana Luisa Fernanda, de ésta, además, administrará sus bienes desde 1836. Esa fama de buen administrador y contable le llevó por entonces asimismo a gestionar patrimonio de la casa de los Osorio de Moscoso, condes de Altamira y otros títulos, al ser rehabilitado don Vicente por la Corona ya que en su día había abrazado el Trienio Liberal; siguió Calvet con su hijo Vicente Pío.

En 1836, redacta una Memoria sobre el Museo de Pintura y Escultura, fundado en 1819, luego llamado Museo del Prado por su ubicación, y que al morir su fundador tenía un status legal confuso pues en sus inicios era un bien patrimonial más de la Corona. Hasta casi el final de su vida (1831) el rey Fernando pagó cantidades para las obras de él de su Bolsillo Secreto.

 

 

El edificio original del Museo del Prado, el llamado “de Villanueva” por ser de éste arquitecto, en tiempo en que Calvet se ocupó de él tras fallecer Fernando VII. Según pintura de Brambila.
El edificio original del Museo del Prado, el llamado “de Villanueva” por ser de éste arquitecto, en tiempo en que Calvet se ocupó de él tras fallecer Fernando VII. Según pintura de Brambila.

       

A fines de la década, tras dictámen del mayordomo mayor de Palacio marqués de Valverde, Joaquín Félix de Samaniego Urbina, deja el servicio real por depresión tras morir en la guerra carlista morir su hermano Juan, tan isabelino como él. Ya quiso dejarlo antes pero se le denegó dada su valía. No obstante, mantuvo interés político y fue diputado por Gerona en el 37 y en el 44, y senador por Córdoba. En ese último año se le nombra además togado en el Ministerio de Guerra y Marina dada su capacidad jurisprudencial.. La reina regente, pese a estar apartado del servicio real esos años, no obstante, siguió recibiendo sus opiniones por vía epistolar. La misma con la que mantenía estrecho trato Calvet con el duque de Riánsares, nuevo esposo de la reina, don Fernando Muñoz, conservándose ambos epistolarios en el AHN. Por tanto, siempre fue de gran confianza de la Familia Real. Fallecería Calvet en 1846, lo que lamentó el matrimonio regio al ser confidente de ellos.

 

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Miguel Salvá, o el asentamiento de la Real Biblioteca

Tras la marcha de Salvador Enrique Calvet al abandonar el servicio en la Real Casa en 1839, la verdadera consolidación de la Real Biblioteca en su espacio definitivo, el actual, se produjo bajo la dirección de Miguel Salvá Munar (1791-1873). Pero antes hubo un ínterim de un bienio, con la dirección breve de otro prelado, Rodrigo Valdés Busto.


El breve interregno de Valdés Busto

Valdés (1770-1847), asturiano de cuna, desde 1814 en que se inicia el período fernandino, se opuso mucho al monarca ya que tenía fuerte vocación política además de ser eclesiástico. Desde 1822 fue diputado a Cortes por Asturias y pronto fue vicepresidente de las Cortes. Hubo de exiliarse a Londres tras ser condenado a muerte al recursar al monarca. Sería amnistiado por la reina viuda, e incluso por ella se le concedió la Gran Cruz de Carlos III, siendo muy isabelino, hasta el punto de designársele confesor real de la reina niña y su hermana Luisa Fernanda. De inquietud intelectual y siendo confesor, se vio natural que se ocupara de los libros palatinos, lo que así fue oficialmente desde 1841, influyendo políticamente en las niñas reales durante la regencia de Espartero. Se indicaba en el nombramiento que debía centrarse en “el arreglo” de la Real Biblioteca, es decir, su nueva disposición física tras el copioso traslado. Pero en julio del 43 abandonaba todo servicio real. Es decir, con Valdés se intentó poner orden en los libros y hubo una incorporación de una persona importante para ello, Manuel Carnicero Weber, que fue el que de verdad estuvo esos meses de su dirección al tanto de la misma pues Valdés, muy político, optó por ser senador por León desde el 42, falleciendo en 1847. Es decir, poco le interesaron los libros palatinos a Valdés en realidad.

La dirección de Salvá

A nadie extrañó así el nombramiento de Salvá en diciembre de 1843. Desde muy joven mostró habilidad en letras y además continuaba a Valdés como asimismo eclesiástico. De joven leyó a autores que le inclinaron a apoyar el Trienio Liberal (1820/23), y al igual que Valdés hubo de exiliarse luego tras el Trienio, lo cual era una buena carta de presentación en el isabelismo inicial tras el levantamiento carlista. Al regresar, en Madrid aprovechó el conocer idiomas para lograr oficialía en la secretaría de interpretación de lenguas ministerial. También fue redactor de la institucional Gaceta de Madrid, alcanzando asiento en la Junta de Instrucción Pública.  Pero ya en 1814 se había ordenado sacerdote y sus buenas letras le llevaron a ser auditor honorario del Tribunal de la Rota.

Lo que le llevó a la dirección de la Real Biblioteca a Salvá fue servir como bibliotecario del duque de Osuna en los años treinta. Como se sabe, la casa ducal poseía un archivo y una biblioteca imponentes. De hecho, tras la quiebra de la casa por la desastrosa gestión económica del duque Mariano, fallecido en 1882, el Estado adquirió ambos grandes depósitos por 900 mil pesetas, cifra altísima. Gestionar la biblioteca, de 35 mil volúmenes, con más de dos mil manuscritos, le dio prestigio y se le vio como la persona ideal para dirección palatina como bibliotecario mayor de S.M.

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Retrato de Salvá, aparecido en La Ilustración Española y Americana  al fallecer en 1873

 

Retrato de Salvá, aparecido en La Ilustración Española y Americana
 al fallecer en 1873

 Como se vio en la entrada anterior, del traslado de los miles de libros reales -solamente el fondo Gondomar eran unos siete mil- se ocupó Calvet, pero estuvo esos años treinta muy centrado además en la testamentaría del difunto Fernando VII y en los bienes patrimoniales en especial de la infanta Luisa Fernanda, por lo que el establecimiento definitivo en la colocación de los libros en no solo los muebles viejos adaptados de la antigua Librería de Cámara sino a los nuevos encargados a medida, fue ya con Salvá en los años cuarenta. El proceso estructural del espacio tuvo además sus complicaciones al tener que entarimarse todo el suelo.

Superadas las dificultades físicas, Salvá decidió, en unión a superiores en la Real Casa, organizar un fichero manual para control y conocimiento detallado de la Real Biblioteca, para lo que se incorporó a un escribiente, José Velasco Dueñas. En 1841, a fines, se había incorporado asimismo, como se indicó, Manuel Carnicero Weber como auxiliar. Al incorporarse Salvá, era Weber bibliotecario ayudante en ejercicio, aunque no oficialmente, pese a cobrar como tal por lo que se quejó ya en 1847, reconociéndosele entonces como “ayudante bibliotecario segundo” alegando el realizar índices en esa nueva política de mayor control de los fondos, con Velasco como escribiente, que lo era asimismo del Archivo. 

Las estrechas relaciones entre la Biblioteca con el Archivo fueron de hecho fuente de fricción entre Carnicero y Salvá. Como siempre estuvo éste vinculado a su Mallorca natal, se ausentaba en verano para ir allí. El que en esas vacaciones le sustituyese un oficial del Archivo amigo de Salvá, Tomás Zaragoza y Sacristán, y no él siendo ya bibliotecario segundo hizo que se quejara nuevamente en 1850 Carnicero, reconociéndose los superiores de nuevo su razón. Zaragoza, además hizo labores que consideró intrusivas, como elaborar en 1849 unos [Borradores de] Noticia del origen, aumento y estado actual de la Biblioteca de Cámara de S.M. en julio de 1849 [y del] Origen del Monetario, su aumento y estado actual. Cesaron pronto las tensiones internas pues en 1851 Salvá abandonó sus funciones directivas al ser designado por fin obispo de Mallorca como anhelaba, nombrándose a Carnicero en octubre “bibliotecario primero” de S.M., aunque prefirió autodesignarse “de Cámara”, como antaño.

 Durante la dirección de Salvá se produjo una realidad positiva en la Real Biblioteca, la relación epistolar con algunos escritores y pensadores, como Juan Donoso Cortés. Y además la colaboración con ediciones importantes como la de la Real Academia de la Historia de la Historia General de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo, referencial. La colaboración con la Academia de la Historia no fue solo por ser director y haber en ella fondos necesarios para dicha magna edición, sino que era académico desde 1836, involucrándose en otros proyectos editoriales destacados de ella, como la Colección de Documentos Inéditos, verdadero corpus documental clave para la Historia de España. Asimismo fue censor en la RAH y perteneció a la RAE, además de ser senador vitalicio desde 1859. Moriría Salvá como obispo de su Mallorca en 1873, lejano su tiempo palatino.

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Actividad encuadernadora

En los años cuarenta se siguieron ligando las pastas protectoras quitándose los viejos pergaminos, y se ocupó de ello Miguel Ginesta Haro (1820-1878) hijo del fundador de la saga visto en la entrada anterior y encuadernador de cámara como él. Realizó pastas sin orlas doradas ni hierros en lomera, a diferencia de las antiguas, aplicando pieles de vivos tornasolados, emulando los vistosos terciopelos románticos en boga; serían distintivas de Ginesta Haro sus pastas en tonos granates y anaranjados.

 

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Ginesta Haro asimismo produjo encuadernaciones de lujo para S.M., unas alegóricas de la Corona, con sembrados de lises en los planos y escudo real, y otras iguales pero en seco, continuando una de las líneas paternas; y a veces usaba cifra real como su padre asimismo:

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      También algunos trabajos eran alegóricos del contenido, como en el caso de los Estados Generales de la Armada, y en otras combinaba el dorado con el gofrado, en seco:

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Los hierros y planchas doradas de Ginesta Haro eran de finura tanto en lo físico como en lo estético. Variado de concepto, también usaba el pergamino a la romana, y el mosaico, en combinación de pieles distintas, si bien parece que como su época fue la del dominio de los terciopelos de colore vivos huyó de ellos, siendo más bien tradicional, laboreando pieles.

 

De esos años hay trabajos notables de otros encuadernadores, catalanes por ejemplo, como de Pedro Domenech y Saló (1820-1873), entonces joven y creativo, aplicando en planos pronunciados relieves alternando gofrados y dorados, en pieles de colores sobrios y elegantes, con apliques metálicos y cortes cincelados de gran labor… con muaré en contraplanos enmarcados en ricas orlas… trabajó para Isabel II trabajos muy artísticos hasta los años 60 en las décadas centrales del siglo. La labor que sigue es muy romántica, imitando un rosetón catedralicio en unos Oficios de la Virgen dedicados a Isabel II en rico manuscrito.

Los espacios de la Real Biblioteca a lo largo de su existencia

Inicios

Desde su fundación por Felipe V [1700-1746] la biblioteca particular de los Reyes, conocida como Real Biblioteca, ha ocupado distintas dependencias del Palacio Real, siempre junto a la cámara o habitaciones privadas de los monarcas.

Tras la construcción del nuevo palacio por el incendio del alcázar, el primer monarca que lo habitó fue Carlos III [nochebuena de 1765] y su biblioteca, que según sus inventarios ocupaba una sala (II/2948), debía estar ubicada en una de sus habitaciones, espacio que permanece sin determinar. Se nos ha conservado un armario de su época (actual sala X).

Las primeras noticias sobre su ubicación en el palacio llegan con Carlos IV [1788-1808] que la instala en la planta principal del ala sureste del palacio, en el llamado “aumento de San Gil”. Debía ocupar entre 10 y 12 salas que se extenderían entre las habitaciones del rey y de la reina. En ese espacio de bóvedas decoradas (y armarios a medida, que en la actualidad están en la sala de investigadores, la biblioteca alcanzará su máximo esplendor. El salón amarillo, cuyo techo fue probablemente realizado por los hermanos Brilli hacia 1780 para el príncipe Carlos (IV), conectaba esta ala con el cuerpo principal del palacio.

Con Fernando VII [1808-1833] la biblioteca, ubicada en el mismo espacio, llegó a ocupar entre 14 y 15 salas según sus inventarios (II/2617), que recogen obras de las salas I a XV.

Cambio de ubicación

Este traslado supuso una degradación de la colección bibliográfica, de los muebles y demás piezas que la componían, por la precipitación con la que se hizo. Los libros no pudieron colocarse inmediatamente y permanecieron fuera de las estanterías, hacinados en el suelo, durante mucho tiempo, lo que deterioró notablemente la colección.

Con este traslado se perdió también bastante espacio, ya que se pasó de una biblioteca de 14 salas a una menor, de 9, numeradas en romanos, de la I a la IX, con diferente tamaño y distribución. A estas nueve salas habría que sumar una pieza de entrada o portería (la actual sala X), un pequeño cuarto, contiguo a la escalera situada junto a la sala IX, y dos piezas o espacios más en el Pasillo de la derecha y de la izquierda.

Los libros permanecieron sin colocar por lo menos un año entero, tiempo que se necesitó para el arreglo y reforma de los armarios a los nuevos espacios. Hubo que salvar la estructura de algunas salas y cerrar vanos con trampantojos que simulan puertas de armarios y generan aspecto de uniformidad en la sala por el perfecto orden en el que los libros simulan estar colocados en los estantes. Estos trampantojos son todavía hoy visibles en la Real Biblioteca.

Conocemos las estancias, mobiliario y adornos de la biblioteca en su nueva ubicación gracias a un inventario de bienes muebles realizado en 1851 [II/4039 (14)] en el que se detallan el número de estantes y plúteos de cada sala, el tipo de madera, cristales y rejillas de sus puertas, cerraduras, etc. También aparecen recogidas las cajas, muebles, planos, cuadros y piezas escultóricas que las adornaban y que fueron colocados durante la dirección de Salvador Calvet. La mayoría de estos adornos, que han ido cambiando de ubicación, permanecen en la biblioteca. El mobiliario se ha mantenido en las salas con ligeros cambios.

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Salas I a VI – orientación norte, con ventanas hacia los jardines de Sabatini

  • La sala I tendría un armario con 12 estantes corridos de dos cuerpos de caoba. Los armarios tienen las letras A-L, con 8 plúteos cada uno. Mesa de caoba con portezuelas y cristales.
  • La sala II con 15 estantes corridos de caoba, identificados con las letras A-N y 11 plúteos y algunos de 12. Era la sala donde se guardaban los manuscritos y hasta hace poco había cortinillas de tela para protegerlos de la acción de la luz.
  • La sala III tenía un armario de 16 estantes corridos de caoba identificados con las Letras A-0 y 13 plúteos cada uno. Había una mesa de caoba de juego.
  • La sala IV tenía un armario de caoba compuesto de 13 estantes corridos identificados con las letras A-LL, y 7 plúteos cada uno.
  • En la sala V había un armario de caoba con 12 estantes corridos identificados con las letras A-L de 7 y 8 plúteos.
  • En la sala VI había un armario de 15 estantes corridos de caoba, identificados con las letras A-N, de 7 y 8 plúteos. En esta sala había 55 planos y mapas forrados en lienzo muy antiguos arrollados en medias cañas, grandes y medianos y 22 rollos de mapas, planos y vistas de diferentes tamaños, forrados algunos de ellos en lienzo, igualmente antiguos.

Sala VII – forma la esquina del edificio.

  • En la sala VII, había 13 estantes corridos de caoba, identificados con las letras A-Ll, de 7 y 8 plúteos.

Salas VIII-IX – ventanas hacia Jardines del Moro

  • En la sala VIII, la más grande de todas las estancias, había 23 estantes de caoba compañeros de los de la sala II y III, de los cuales 19 eran dobles y el resto sencillos. Estos estantes estaban identificados con las letras A-X. Había una mesa grande de caoba con portezuelas de cristales en sus costados, así como ficheros para las papeletas de los impresos y manuscritos de la biblioteca. Era la antigua sala de lectura de la biblioteca.
  • La sala IX estaba formada por 16 estantes de caoba iguales a los de la pieza 4, identificados con las letras A-O. De 4, 6 y 7 plúteos. Era, y sigue siendo actualmente, el despacho del bibliotecario mayor.
  • Junto a la sala IX había un cuarto contiguo a la escalera con un armario de pino pintado con cerradura y llave con 5 huecos.
  • En el pasillo de la izquierda había 8 estantes corridos de caoba, de 5 y 6 plúteos.
  • Por su parte, en el pasillo de la derecha había 13 estantes corridos de maderas finas, de 6 y 7 plúteos.
  • En la pieza de entrada o portería (sala X) había un armario con 7 estantes de caoba, 9 plúteos y 3 estantes corridos de maderas finas, de 7 plúteos.

Estas salas históricas de la planta baja de la biblioteca aparecerán por primera vez identificadas con esta numeración en el plano incluido en la historia de la biblioteca que redactó el conde de las Navas, bibliotecario de Alfonso XIII, desde 1893 a 1931. En él aparecen numeradas e identificadas las salas I a IX, la sala X (Portería), las salas XI y XII (Pasillos), el tocador del bibliotecario mayor, el retrete y el guardarropa (Plano 1).

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Nuevos espacios (segunda mitad del siglo XIX)

Durante los años siguientes la preocupación principal de los bibliotecarios fue la asignación de nuevos espacios para la biblioteca. De esta manera, se pasará progresivamente de 9 salas a 13, sin contar con pasillos y portería. Entre 1847 y 1851 se incorporarán las tres salas del entresuelo, es decir, la planta intermedia que existe entre la planta baja y la planta principal del palacio. A la primera pieza se le llamará sala del Monetario, tendrá 3 estantes corridos y 7 plúteos; la segunda sala tendrá un estante de escalerilla con tres órdenes de entrepaños y 15 huecos para las Vistas de Madrid y los Reales Sitios. La tercera pieza, con 1 estante de escalerilla de pino, con tres órdenes de entrepaños y 51 huecos para las litografías del Museo del Prado. Estas piezas se corresponden actualmente con las salas XIX, XX y XXI.

En 1858 se incorporan 2 salas más en el segundo tramo de la escalera del entresuelo, las que actualmente se conocen como salas XVII, XVIII y XIX.

En 1872 hubo un proyecto, que no se materializó, para incorporar algunas piezas del Cuarto militar, con espacios adyacentes a la Biblioteca. La idea era transformar la cripta, espacio entre la Biblioteca y al Cuarto militar, en sala de lectura (Plano 2).

Entre 1910 y 1938 se incorporan en la planta baja las salas XIII, XIV y XV, que aparecen numeradas e identificadas respectivamente como “sala de prensa”, sala de revistas” y “sala de duplicados y depósitos”. 

Últimos espacios incorporados (segunda mitad del siglo XX)

Las últimas incorporaciones se producen en la segunda mitad del siglo XX. Primero la sala XVI, conocida como “sala Infanta” por albergar la colección de libros de la infanta María Isabel Francisca de Asís. Después se suman varias estancias ubicadas en el ala oeste de la biblioteca, antiguas alcoba de Isabel II y salón del Consejo, con salida a la escalera llamada “de incógnita”. Estas piezas se incorporarán como salas de música y monetarios en la segunda mitad del siglo XX. Se transformarán en las actuales salas de recepción, presidida por el Guión de Juan Carlos I, de procesos técnicos y de investigadores en 1993.

Mobiliario

Se desconoce la fecha de los armarios y demás mobiliario de la biblioteca. Es probable que los armarios de caoba de las salas I-IX procedan de la librería de Carlos IV y se arreglaran tras el traslado de la colección del ala sur al ala norte. Son armarios que hubo que adaptar con falsas puertas con trampantojos para salvar espacios irregulares.

Otros armarios destacables son:

  • el armario de la sala X o portería probablemente de época de Carlos III.
  • los armarios de la sala actual de investigadores de época de Carlos IV.
  • se conserva un armario de época de Felipe V en la antesala a la sala de catalogación e investigadores.
  • Los burós, mesas, monetario y demás piezas son también del XIX.
  • Además, a partir de 1858 se dispondrá de una escalera para acceder a los estantes del segundo orden.
  • Los armarios blancos del Pasillo son posteriores y fueron elaborados en los años cincuenta del siglo XX.

Para calentar las estancias había braseros que se cubrían con campanas de hierro, azófar o barro para evitar incendios.

Los suelos de la biblioteca, actualmente de parqué, eran de pavimento cerámico. Este es todavía visible en algunos espacios de la biblioteca, sobre todo en los llamados “chiscones”, habitaciones muy pequeñas tras las falsas puertas con trampantojos. Los suelos se esteraban y se desesteraban con el cambio de estación. 

Los diferentes bibliotecarios mayores que dirigieron la biblioteca durante estos años contribuyeron lenta pero progresivamente a la mejora y aprovechamiento de sus espacios, tarea en la que hoy en día se sigue trabajando.